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El mercado del chino

noviembre 18, 2010

Hace ya más de cinco años que estudio chino. No porque crea que vaya a traducirlo algún día, sino porque me gusta, porque supone un reto para mí, quizá una meta un poco inalcanzable. Empecé a estudiarlo en la universidad, más tarde en una academia cuatro horas a la semana. Antes le dedicaba bastante tiempo en casa, ahora las cosas han cambiado. Bien no tengo tiempo, bien no tengo ganas, bien prefiero emplear el tiempo libre que tengo en otras actividades.

El chino es una lengua bastante ingrata y también bastante difícil. Más si tienes una profesora que casi no habla español “Tú dos años mucho mucho de chino traducir”. Yo corrijo sus errores pero mis correcciones tienen en su cerebro el mismo efecto que las repeticiones de tonos que ella me hace recitar en el mío. A veces, cuando digo que llevo todo este tiempo estudiándolo la gente cree que hablo bastante bien. En realidad, me comunico lo suficiente para decirle al chino que vende cervezas en Tribunal “no queremos, gracias” y poco más. Me comunico, pero poco. La verdad es que últimamente he mejorado bastante mi comprensión escrita y mi producción oral, pero no mi producción escrita. Algo contraproducente para un traductor. Quizá se deba a que a mis compañeros de chino lo que les interesa es hablar. Pertenecen a un mundo bastante alejado del lingüístico. ¿Qué pueden ser para estar estudiando chino?…Pues sí, banqueros o bancarios como queráis llamarlo o altos ejecutivos, da igual. El caso es que no tienen una formación lingüística y les mueve otro interés, aunque se manejan mucho mejor que yo en chino y conocen vocabulario tanto general como específico, en su campo claro: economía, contrato, interés, inversión, empresa… Aprendo bastante. A veces, no aprendo ninguna palabra nueva en chino pero sé dónde tendría que invertir si me sobraran unos euros.

A lo que iba, yo siempre pongo el chino en mi currículum. No como lengua de trabajo, simplemente como lengua que estoy estudiando. Esta semana me han llegado dos “encargos”. El primero una prueba de traducción del chino al español que no he podido realizar por tratarse de un texto altamente específico. El segundo un encargo que recibí por teléfono “una traducción de chino”. Yo di por hecho que se trataba de una traducción del chino al español, pero era a la inversa. Si me hubieran dicho “una traducción al chino” no hubiera habido confusión posible. Me aseguraron que el texto era sencillo, así que les dije que me lo mandaran. Al verlo contesté al cliente explicándole que yo no estaba capacitada para realizar esta traducción a la inversa, que era mejor que contratase a un nativo, más que nada por la complejidad de la lengua. Le he pasado dos contactos, le he explicado cómo pedir el presupuesto y le he indicado más o menos cuánto le van a pedir por el trabajo. El cliente se ha quedado muy satisfecho y yo también. Al menos con la conciencia tranquila.

Algunos pensarán que tengo poca visión empresarial porque no he hecho de intermediario en toda regla. Tenía una gran oportunidad. Yo lo veo de otra forma: un cliente satisfecho es un cliente que me va a llamar si en algún momento tiene algún otro trabajo y sobretodo es un cliente que va a hablar bien de mí  a otros clientes potenciales. Porque no va esto solo de ganar dinero, sino de hacer contactos. Y otra cosa he aprendido de esta experiencia: tengo que ponerme las pilas con el chino.

再见朋友们

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